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Peleas de Búfalos en Tailandia

Las peleas de búfalos en Tailandia, en las que dos bovinos se embisten en la arena hasta que uno de ellos se rinde, provocan pasiones y la ruina de muchos campesinos en las apuestas ilegales.
Son muy populares en el sur, sobre todo entre las comunidades musulmanas, donde estos eventos atraen a familias enteras de campesinos curtidos por el sol tropical de las zonas rurales.
"Antes las peleas de búfalos de agua se celebraban en la época seca, cuando los animales estaban ociosos, pero ahora tienen lugar durante todo el año y se han convertido en un negocio para el turismo y las apuestas", explica a Efe Rogar Lohanan, fundador de Animal Guardians Association.
A diferencia de las corridas de toros típicas de España y algunos países de Latinoamérica, los búfalos no mueren y la lid se acaba en cuanto uno de los animales se retira mansamente ante los empellones del ganador.
Birmania (Myanmar), Camboya, China, India e Indonesia comparten la pasión tailandesa por estos combates entre bovinos.
"Estamos hablando de explotación animal para la satisfacción y el beneficio de los turistas, las autoridades y los corredores de apuestas, a pesar de que los animales no suelen terminar heridos y que ya no se sacrifica al perdedor", critica Lohanan.
"Esta barbarie tampoco se justifica, como alegan algunos, porque así se conserva la especie cuando los búfalos están siendo sustituidos por maquinaria en el campo y su carne es cada vez menos consumida", agrega el activista.
En Singhanakorn, en la provincia sureña de Songkla, los campesinos comienzan a llegar a la plaza de la aldea a primera hora de la mañana pertrechados con botellas de Red Bull, la bebida energética originaria de Tailandia, y las carteras con billetes.
"Vengo a todas las peleas que puedo y apuesto todo lo que puedo, unas veces pierdo y otras gano", explica Suchard, un campesino, mientras muestra a Efe su riñonera repleta de dinero.
A cada lado de la arena esperan los bovinos, de unos 800 kilos de peso y con cuernos afilados de unos 40 centímetros de largo.
Los cuidadores arropan, bañan y aplican masajes a sus campeones, mientras que los corredores de apuestas recorren las gradas de madera blandiendo las papeletas y anotan las pujas que les gritan los espectadores.
Resoplando pesadamente, dos grandes bovinos se miden y poco a poco acercan sus testas, entrelazan los cuernos y se dan empellones con violencia que, sin embargo, rara vez resultan en lesiones importantes.
La mayoría sigue la pelea en silencio, con expectación, pero los que se juegan su dinero no pueden reprimir las exclamaciones de ánimo para los animales por los que han apostado: "Pai, Pai" ("Vamos, vamos", en tailandés).
Uno de los contendientes se retira con la cabeza gacha ante el ímpetu del ganador, que es engalanado con guirnaldas de flores y adornos en los cuernos.
"En realidad no se hacen daño, así pelean los búfalos para imponerse a los demás en la manada y convertirse en el macho dominante", explica una espectadora que vive en Bangkok pero baja a su tierra, en el sur, cada vez que puede.
Su dueño no sólo gana entre 20.000 y 100.000 bat (650 y 3.000 dólares), según la importancia del combate, sino que el valor de su animal se revalorizará hasta costar millones de bat.
Otros con menos suerte pierden mucho dinero, a veces todos sus ahorros e incluso sus casas, en las apuestas declaradas ilegales por el Gobierno aunque se celebran de manera abierta.
"Será muy difícil erradicar esta práctica debido al dinero que mueven las apuestas. Además, muchos turistas dicen que las corridas de toros o de búfalos son crueles, pero luego pagan dinero para verlas en España o Tailandia", lamenta Lohanan.

El elefante desaparece de los bosques de Camboya


El elefante camboyano, gran superviviente, sucumbe por el ímpetu devorador que aniquila los últimos reductos forestales del país indochino. Los bosques de Camboya albergaban en la década de 1990, tras el final de una larga guerra civil, más de dos mil ejemplares de estos paquidermos.

En cambio hoy, cuando el país está en paz y en pleno desarrollo urbano, quedan apenas 400 elefantes, debido al maltrato del que han sido objeto por parte de la población.

Efe Tuy Sereivathana, director del Grupo Camboyano para la Conservación del Elefante, explica que durante muchos años la población ha perseguido y matado a los elefantes por que los veían como una amenaza para los cultivos y viviendas.

Al elefante que se acercaba a una aldea para buscar comida con la que saciar el hambre le aguardaban mortales trampas hechas con cañas de bambú acabadas en punta, e incluso los campesinos les arrojaban ácido que causaba graves heridas, explica Efe, que en 2010 fue galardonado con el Premio Goldman, considerado como el Nobel del Medio Ambiente.

Su grupo, asociado a la organización no gubernamental Fauna y Flora Internacional, consiguió tiempo atrás estabilizar el número de ejemplares con programas de concienciación en las áreas rurales en las que vivían algunos ejemplares.
Sin embargo, el desarrollo económico del país, en el que las constructoras compiten por un palmo de suelo, es ahora el principal enemigo de estos animales, que se ven privados del hábitat natural y de la comida y agua que precisan para subsistir en un entorno cada vez más hostil.

“El problema es que no tienen espacio y que el suelo está fragmentado por carreteras y poblados que separan a las comunidades de machos y hembras y estos no pueden encontrarse y procrear”, explica Tuy, apodado el “Tío elefante”, por sus campañas en su defensa.
La mayor parte de los elefantes que quedan en Camboya habitan en las provincias de Mondulkiri y Ratanakiri, en el nordeste, y en la cordillera de las Cardamon, situada al sur, dos regiones donde los proyectos mineros amenazan los últimos bosques del país.

El desarrollo de estas zonas, aún entre las menos avanzadas del país, ha incrementado además el valor del metro de suelo y motivado el interés de empresas nacionales y extranjeras que persiguen expandir sus actividades comerciales.
Esto ha intensificado la tala ilegal de árboles, un negocio ya de por sí lucrativo, para disponer de tierras que vender o cultivar.

A causa de la progresiva falta de espacio natural, dos tercios de los paquidermos viven ahora en cautividad y son utilizados para pasear a turistas o como bestias de carga, sobre todo en las provincias del norte.
“Los elefantes necesitan muchos cuidados y es muy caro alimentarlos. Si no hay dinero, no se les puede mantener”, asegura Sinsorn, propietario de uno de tantos paquidermos destinados a procurar deleitar al turista.

La organización dirigida por Tuy pretende aumentar la población de elefantes en Camboya hasta los 2.000 ejemplares en los próximos 50 años para asegurar su supervivencia, un objetivo que considera casi inalcanzable a tenor del ritmo al que se talan los bosques.

“Para tener esa cantidad se necesitaría un espacio enorme y eso es casi imposible a día de hoy”, afirma Tuy.
Las cifras son además muy optimistas si se tiene en cuenta que el ciclo de reproducción de los elefantes es muy largo y cada hembra sólo puede tener una cría cada cuatro años.
La alteración de su hábitat también repercute de forma negativa a la reproducción debido al estrés que sufre el animal, como demuestra el hecho de que actualmente muchas hembras sólo procrean cada siete u ocho años.

El elefante asiático, más pequeño que su pariente africano, es considerado una especie en peligro de extinción, de la que tan sólo quedan entre 25.000 y 32.000 ejemplares en libertad, según el Fondo Mundial para la Naturaleza.



Fuente: infoAnimal